Que nadie quería casarse conmigo porque ninguna mujer aceptaría criar a una adolescente ajena.
Que Mariana debía gastar lo menos posible para no convertirse en una carga.
—También decía que estabas decepcionado de mí —susurró.
Saqué el teléfono y le mostré las transferencias.
—Mira las fechas.
Mariana observó.
Una transferencia.
Otra.
Otra.
Comida.
Escuela.
Ropa.
Cumpleaños.
Navidad.
Clases de matemáticas.
La computadora.
Empezó a negar con la cabeza.
—No.
—Te mandé dinero todos los meses.
—No.
—Mariana…
—¡La abuela decía que no mandabas nada!
Rompió a llorar.
Entonces gritó algo