que me congeló.
—¡Yo te escribía!
(Continúa leyendo en la siguiente página)
Nunca recibí tus mensajes.
Sacó un celular viejo.
Buscó mi contacto.
“Papá”.
Miré el número.
Los primeros dígitos eran correctos.
Los últimos tres, no.
Exactamente igual que el número falso que habían registrado en la escuela.
Mi madre había cambiado ambos contactos.
A Mariana le dio un número falso mío.
A la escuela le dio un número falso para localizarme.
Después llenó cinco años de silencio con mentiras.
—Pensé que no contestabas porque ya no me querías —dijo