mi hija.
Me acerqué.
—Nunca dejé de quererte.
Ella me miró con los ojos hinchados.
—Pero tampoco venías.
Eso sí era culpa mía.
No podía ponerlo sobre Teresa.
Entonces Mariana comenzó a enumerar momentos que yo había perdido.
Su graduación de primaria.
Mi madre me dijo que no valía la pena viajar porque Mariana no había recibido reconocimiento.
La profesora Ortega intervino:
—Fue el mejor promedio de su generación.
Mariana mencionó un
(Continúa leyendo en la siguiente página)
concurso de matemáticas.
Yo ni siquiera sabía que había participado.
—Quedó segundo