desde que enterramos a Lucía.
Esa tarde la llevé a comer.
Mariana miró primero los precios del menú.
A mitad del plato comenzó a
(Continúa leyendo en la siguiente página)
envolver carne en una servilleta.
—¿Qué haces?
Se asustó.
—Es para mañana.
—Mañana también habrá comida.
Me miró como si aquella idea fuera demasiado buena para creerla.
Esa noche, en el hotel, le pregunté si su abuela alguna vez la había golpeado.
Mariana permaneció en silencio.
—No mucho —respondió finalmente.
Y cuando me explicó qué significaba “no mucho”, supe que