de embarazo.
Me marché a Mérida.
Él nunca supo que en aquella hoja no aparecía un bebé.
Aparecían tres.
En el avión, Santiago pidió café.
—Siempre te gustó hacerte la fuerte —comentó—. Pero cinco años sola es mucho tiempo.
Cerré mi carpeta.
—Que yo haya guardado silencio no significa que mi vida se haya detenido.
Frunció el ceño.
No volvió a preguntar.
Aterrizamos poco antes del mediodía.
Santiago caminó conmigo hasta llegadas.
—¿Viene alguien por ti?
—Sí.
Un SUV negro se detuvo.
La puerta trasera se abrió.
Primero apareció Lucía.