—Sí.
—A las nueve.
—Voy a estar a las ocho treinta.
—Bien.
Ese fue el enojo de una niña de ocho años.
Directo.
Terrible.
Y misericordioso.
Esa noche Santiago y yo nos quedamos solos.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no convertirlas contra mí.
—Nunca haría eso.
—Lo sé.
—Deja de agradecerme por ser madre.
—No puedo.
Silencio.
—Elena.
—¿Sí?
—Te amo.
No esperaba que lo dijera así.
Sin preparación.
Sin pedir nada.
—Santiago.
—No tienes que responder.
—Entonces no lo digas esperando…
—No espero.
Me miró.
—Solo estaba cansado de que