—¡Por fin!
Valentina miró el reloj de forma dramática.
Santiago empezó a caminar más rápido.
Yo lo vi ir hacia ellas.
El hombre que una vez no quiso escuchar que iba a convertirse en padre.
El padre que después pasó años aprendiendo a merecer esa palabra.
Sonreí.
Cinco años atrás, cuando recogí aquel ultrasonido del suelo, pensé que lo único que podía salvar eran mis hijas y a mí misma.
Me equivoqué en una sola cosa.
A veces, cuando alguien reconoce el daño, acepta sus consecuencias y cambia sin exigir