llegado, pareció comprender por qué aquella visita importaba tanto.
Después de que el inspector se marchara, ayudé a mi padre a guardar las herramientas.
No podía dejar de pensar en todas las cosas que había descubierto aquella mañana.
—Papá, ¿por qué nunca me hablaste de esto?
Él colocó una pala junto a la pared.
—¿De qué?
—De todo. De las familias, de la iglesia, del dinero que ayudas a repartir. Llevas doce años haciendo esto.
Papá se volvió hacia mí.
—No pensé que fuera necesario contarlo.
—¡Pero soy tu hija!