hilera están listas, Erik.
Mi padre levantó el pulgar.
—Llévate las que necesites. Hay suficientes para todos.
La mujer comenzó a llenar su caja.
Y entonces comprendí algo que me hizo sentir una vergüenza inesperada.
Aquellas personas no habían venido a comprar las verduras de mi padre.
Habían venido porque él se las había ofrecido.
A las seis y cuarto, había más de veinte personas trabajando entre las hileras.
Un hombre recogía judías verdes. Dos mujeres seleccionaban tomates maduros. Una pareja llenaba bolsas con cebollas mientras un adolescente ayudaba a