“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos.

abogados y un apellido poderoso. Yo tengo una niña que depende de mí.

—Valeria, te amo.

Aquellas palabras casi rompieron su determinación.

—Yo también te amo —admitió—. Pero no puedo arriesgar la tranquilidad de mi hija.

Le explicó que continuaría trabajando hasta terminar su contrato, pero después buscaría empleo en otra constructora.

También le pidió que dejara de visitarla.

Alejandro respetó su decisión, aunque sintió que nuevamente le arrancaban algo del pecho.

Durante dos semanas se cruzaron en la obra como desconocidos.

Él decía «señorita López».

Ella respondía «ingeniero Mendoza».