responder.
Abajo, Alejandro había escuchado el estruendo desde la oficina provisional.
Salió corriendo bajo la lluvia.
—¡Valeria! ¡Arturo!
Cuando los vio bajar por las escaleras, cubiertos de polvo y agua, sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Quiso abrazarla.
Pero recordó que ella le había pedido distancia.
Se quedó inmóvil.
Fue Valeria quien caminó hacia él y apoyó la frente contra su pecho.
—Pensé que no volvería a verte —confesó Alejandro.
—Yo pensé que esos hombres no saldrían vivos.
Él la abrazó mientras don Arturo observaba, todavía temblando.
Aquella noche