“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos.

—Y si hubieras intentado comprar mi cariño, como tu padre, jamás te habría dejado entrar en nuestra vida.

Alejandro sonrió.

Ahora comprendía que su mayor logro no eran las torres ni los contratos millonarios.

Era haber aprendido a amar sin controlar y ayudar sin humillar.

Valeria también había aprendido algo.

Ser fuerte no significaba cargar eternamente con todo.

A veces, la verdadera valentía consistía en permitir que alguien caminara a tu lado.

Y aquel cheque de dos millones de pesos, que una vez pareció suficiente para separarlos, terminó demostrando una