“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos.

verdad que Ricardo Mendoza había tardado toda su vida en comprender:

El dinero puede comprar una casa, pero no un hogar. Puede pagar comodidades, pero no la lealtad. Y quien desprecia a una persona por su pobreza quizá esté rechazando precisamente la riqueza que más necesita en su propia vida.