La tercera vez que aplazó nuestra boda, renuncié, vendí todo lo que me había regalado y volví al pueblo… un mes después, mi exjefe estaba recorriendo medio país buscándome

mi partida.

“Hoy entendí que no tengo derecho a pedirte que regreses. Solo espero que donde estés puedas respirar mejor que aquí.”

Me quedé mirando aquella frase.

Ethan apareció detrás.

—¿Qué tienes?

Le enseñé.

Leyó.

—Dios.

—¿Qué?

—Qué dramático.

Me eché a reír.

—Estabas destruido.

—No dormía.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Tu madre me lo contó después.

Ethan suspiró.

—Traición familiar.

Guardé el teléfono.

—¿Te arrepientes?

—¿De qué?

—De que me fuera.

Pensó.

—De cómo llegamos a ese punto, sí.

—¿De que me fuera?

Negó.

—No.

Me sorprendió.

—¿Por qué?

Ethan