La tercera vez que aplazó nuestra boda, renuncié, vendí todo lo que me había regalado y volví al pueblo… un mes después, mi exjefe estaba recorriendo medio país buscándome

miró hacia el jardín.

Nuestra hija pequeña perseguía una gallina bajo la supervisión muy poco eficaz de mi madre.

—Porque si no te hubieras ido, probablemente yo habría seguido posponiendo.

Aquello dolió un poco.

Pero también era verdad.

—¿Tanto?

—Yo estaba convencido de que nunca me dejarías.

Me miró.

—Necesitaba perder esa seguridad.

—Suena terrible.

—Lo era.

Pausa.

—Y tú necesitabas descubrir que podías construir una vida sin mí.

Asentí.

—Sí.

—Ahora los dos sabemos.

Sonrió.

—Podemos estar separados.

—Qué romántico.

—Déjame terminar.

Tomó mi mano.

—Y precisamente por eso