Nada nuestro.
Fue extraño.
—¿Te pone triste? —preguntó Ethan.
Pensé.
—No.
Me acerqué a la ventana.
—Me da ternura.
—¿Ternura?
—Por nosotros.
—Yo era insoportable.
—Muchísimo.
—Tú también.
Me giré.
—¿Perdón?
—Amenazabas con terminar cada tres semanas.
—Porque tú nunca respondías.
—Ya estamos discutiendo otra vez.
Nos reímos.
Aquella noche abrimos una botella de vino.
Nos sentamos en el suelo.
En el lugar donde una vez había estado nuestra cama.
—¿Sabes qué habría pasado si aquel último día hubieras dicho simplemente “nos casamos en octubre”? —pregunté.
Ethan lo pensó.
—Te