a tu lugar.
Antes de que yo pudiera decir una sola palabra, mi muchacho se quitó el birrete de la cabeza y me lo puso a mí, justo encima de mi chongo despeinado por el trajín del turno. Luego se desabrochó la toga negra y la colocó sobre mis hombros, cubriendo mi filipina azul de intendencia, y sacó de su cuello la medalla de oro a la excelencia académica para colgármela en el pecho.
—Tú limpiaste el piso de esa clínica durante años para que yo pudiera pisar firme hoy —