Todos lo creían estéril… pero en 1859 su destino cambió cuando fue entregado a una esclava indomable

de adobe en el borde del pueblo. Era modesta hasta el punto de ser casi primitiva. Dos habitaciones consuelos de tierra apisonada, techo de Texas que goteaba cuando llovía, sin muebles, excepto lo básico, pero era suya.

Nadie les ordenaba, nadie los vigilaba, nadie los amenazaba. Por primera vez en sus vidas, ambos eran libres. Allí, en esa casa humilde que contrastaba dramáticamente con todo lo que Alejandro había conocido, comenzaron una nueva vida verdadera. No fue fácil ni romántico. Alejandro, educado toda su vida para ser un señor ocioso