manos llenas de ampollas que reventaban y sangraban, y luego formaban callos. su espalda quemada por el sol inclemente hasta que la piel se pelaba en tiras, sus músculos gritando agonía con cada movimiento. Pero algo comenzó a cambiar de manera casi imperceptible al principio. El cuerpo frágil, alimentado por las raciones escasas pero regulares que Sochitl compartía con él, empezó a endurecerse.
Los brazos esqueléticos desarrollaron fibras de músculo. Su piel pálida se bronceó hasta adquirir un tono cobrizo. Los desmayos se volvieron menos frecuentes. Más importante aún, algo