sino con algo parecido al respeto cauto.
Este joven blanco, que había sido arrojado entre ellos como basura, no se había rendido. Estaba aprendiendo lo que significaba trabajar, sufrir, resistir. Estaba en cierto sentido, convirtiéndose en uno de ellos. Una noche, tres meses después de su llegada al barracón, mientras compartían una escasa cena de frijoles aguados y tortillas duras que sabían más a cartón que a comida, Alejandro reunió el coraje para hacer la pregunta que había estado carcomiendo su mente.
¿Por qué me ayudas? ¿Podrías dejar que muriera? ¿