nunca abundante, se estaba agotando. Al cuarto mes, Esteban Ochoa irrumpió en el barracón, justo después del anochecer, con tres hombres armados con rifles, sus rostros duros iluminados por las antorchas que llevaban. “El varón está impaciente”, declaró sin preámbulo, su voz resonando en el espacio pequeño.
No hay heredero todavía. No hay ni siquiera señales de embarazo. Si en dos meses no hay resultado visible, ambos van a las minas. Y créanme, prefieren morir aquí en los campos que ir allá abajo, donde nunca vuelve a verse el sol.