La amenaza era real y aterradora. Las minas de plata de San Jerónimo eran legendarias por su mortandad.
El promedio de supervivencia era de seis meses antes de que el polvo de roca destruyera los pulmones o un derrumbe enterrara a los trabajadores bajo toneladas de piedra. Los cuerpos ni siquiera eran recuperados, simplemente se sellaban los túneles y se abrían nuevos. Nadie, absolutamente nadie, había regresado vivo después de ser enviado a las profundidades.
Era una sentencia de muerte. Disfrazada de castigo laboral, después de que Ochoa y sus