encontró en este hombre quebrado y reconstruido una ternura que había creído imposible en un mundo que solo conocía crueldad.
No fue el amor de los cuentos románticos que Alejandro había leído en su infancia dorada, lleno de caballeros valientes y doncellas delicadas. Fue algo más crudo, más real. forjado en el sufrimiento compartido y la necesidad mutua, pero también en el respeto genuino que había crecido entre ellos durante meses de apoyo silencioso.
Fue intimidad nacida no del deseo físico, sino del reconocimiento profundo de la vulnerabilidad del otro,