una transformación tan rápida que resultaba casi surrealista, como si el nacimiento del niño hubiera reescrito la realidad misma. El varón, quien días antes había sometido a Schitl al juicio inquisitorial más atroz imaginable, ahora la trataba con una deferencia cercana a la reverencia. ordenó que le proporcionaran las mejores habitaciones de la mansión, el ala completa del segundo piso con vistas a los jardines, que fuera atendida por una docena de sirvientes dedicados exclusivamente a su comodidad, que tuviera acceso ilimitado
a comida, medicina, cualquier cosa que necesitara para