otra señora. Era rubia, joven y muy bonita. Los vi entrar juntos.
Sentí un escalofrío.
—Debes estar confundido, Emiliano.
—No, señora. Era la misma camioneta. Y el señor traía un reloj dorado grandote.
Miré hacia la casa donde Sergio me había dejado abandonada.
Mi esposo tenía exactamente ese reloj.
Y todavía no sabía que aquella infidelidad era apenas la parte menos peligrosa de lo que había planeado contra mí.
PARTE 2
Regresé a la casa con las piernas temblando.
Quise convencerme de que Emiliano estaba confundido. Tal vez había visto