en una cama de hospital, con el pelo recogido en dos trenzas y una sonrisa valiente de esas que se ponen los niños para que los adultos no se asusten. A su lado, con una bata verde y veintitantos años menos, un cirujano joven le sostenía la mano con cara de no haber dormido.
Era yo.
—Laura —dijo Carmen, y la voz le salió entera a fuerza de años de pronunciarla—. Mi hija. Hubo un accidente de autobús en la autopista, en el noventa y ocho. Tres muertos. Ella llegó