fin, la segunda vida.
—Sofía no tiene más familia que nosotros —dijo Ernesto, desde la puerta, con su traje perfecto y su voz por fin imperfecta—. Y nosotros tenemos setenta y un y sesenta y nueve años. Ayer, cuando nos dijeron el nombre del cirujano de guardia, Carmen y yo nos miramos y supimos por qué mi hija, que no era de iglesias, repetía una frase cada vez que la niña se ponía enferma: «A Sofía la cuida el mismo Dios que me dejó al doctor Miller en la autopista».