que te pertenece.
Su padre lo miró con tristeza.
—No quiero que hagas algo de lo que puedas arrepentirte.
—No voy a quedarme de brazos cruzados mientras alguien destruye a mi familia.
El anciano extendió una mano temblorosa.
—Alejandro, escúchame. No quiero que te conviertas en alguien que solo sabe luchar por dinero.
Aquellas palabras lo golpearon más profundamente de lo que esperaba.
Su padre continuó:
—Cuando eras niño, te enseñé que la riqueza no sirve de nada si pierdes la capacidad de reconocer el sufrimiento de los demás.
Alejandro