hijo.
El anciano tomó su mano.
—Quiero que me escuches. Hay algo que necesito decirte.
Alejandro se inclinó hacia él.
Te escucho.
—Durante años pensé que lo peor que me había ocurrido era perder mi dinero, mi casa y mi posición. Creía que, sin esas cosas, ya no tenía nada que ofrecer.
El anciano respiró lentamente.
—Pero cuando estaba tirado en aquella calle, una mujer que no me conocía se detuvo para ayudarme. No sabía quién era. No sabía que tenía un hijo rico. No sabía si yo podría agradecerle