vio a un hombre mayor sentado en un banco, con la ropa desgastada y una pequeña bolsa a sus pies.
Varias personas pasaron junto a él sin detenerse.
La joven enfermera dudó un instante.
Después se acercó.
—Buenos días, señor. ¿Necesita ayuda?
El hombre levantó la cabeza, sorprendido.
—No quiero molestarla.
Ella sonrió.
—No me molesta. ¿Cómo se encuentra?
A unos metros de distancia, Mariana observaba la escena junto a Alejandro y Gabriel.
Ya no llevaba el uniforme de voluntaria todos los días. Ahora coordinaba parte del programa que había