Elena acarició el rostro de su padre. Aquel hombre le había enseñado a reparar un grifo, a discutir presupuestos con contratistas y a no avergonzarse nunca del trabajo honrado. Lo había olvidado demasiadas veces tratando de agradar a una familia obsesionada con las apariencias.
Por primera vez desde el divorcio, lloró por algo diferente de la traición: lloró por todos los años en que había permitido que menospreciaran sus raíces.
Álvaro llamó 3 noches después.
—Sé que me odias —dijo—, pero mi empresa se está hundiendo.
—No te odio, Álvaro.