celos.
No sentí rabia.
Y tampoco sentí amor romántico.
Solo el deseo sincero de que ambos construyeran una relación bonita y estable.
Cuando desaparecieron por la puerta, regresé al interior de la biblioteca.
Había un grupo de niños sentados en el rincón de lectura.
Uno de ellos levantó la mano y me preguntó:
—Señora, ¿usted ha construido todo esto?
Sonreí.
—He ayudado a diseñarlo.
—¿Y le gusta mucho?
Miré a mi alrededor.
—Muchísimo.
—Entonces tiene el mejor trabajo del mundo.
Me reí.
Quizá aquel niño tenía razón.
Aquella noche, después