Ricardo… Ricardo se estaba riendo.
—No inventes, Valeria, tenías que ver tu cara —soltó entre carcajadas—. Fue buenísimo.
Yo volteé hacia Mateo. El niño ya no sonreía. Sus manos seguían temblando por el peso que había cargado y en sus ojos apareció ese miedo que solo sienten los niños cuando descubren demasiado tarde que el adulto en quien confiaron los metió en algo horrible.
—¿Qué acabas de hacer? —pregunté, pero mi mirada estaba clavada en Ricardo.
—Mi papá dijo que iba a dar risa —contestó Mateo, con la voz quebrada.