dinero.
Mateo se puso delante de su madre.
—¡No le quite su dinero!
Sujetó el vaso con ambas manos.
Yo agarré la muñeca del hombre.
—Suéltalo.
—No te metas.
Señalé las cámaras del restaurante.
—Acabo de pedir que llamen a la policía. Si quieres esperar, podemos revisar juntos las grabaciones.
Me miraron durante unos segundos.
Después se alejaron lanzando amenazas.
Cuando desaparecieron, me volví hacia Mariana.
—Déjame llevarlos a su casa.
Ella guardó la bocina.
—No necesito que aparezcas 8 años después fingiendo que vienes a salvarnos.
—No estoy fingiendo