en la entrada. Su rostro estaba pálido, sus manos temblaban.
—Vengan —dijo, y los guio por los pasillos oscuros hasta la capilla.
Era una capilla pequeña, con velas encendidas y un altar de madera tallada. La madre superiora caminó hasta detrás del altar. Se arrodilló. Movió una piedra del suelo.
Fonseca se acercó. Dentro del hueco había una caja de metal oxidada. La sacó con cuidado. La abrió.
Dentro había un diario. Las páginas estaban amarillas por el tiempo. Y en la primera página, escrito con tinta descolorida:
“Yo, Madre