María de la Concepción, fundadora de este convento, confieso mi pecado. En 1723, vendí mi alma para proteger a estas mujeres. El precio fue un pacto. Cada treinta años, una de nosotras debe morir para renovar el pacto. Si el pacto se rompe, todas moriremos. Y lo que está enterrado debajo de este convento… despertará.”
Fonseca sintió que el suelo se movía bajo sus pies. —¿Qué está enterrado aquí?
La madre superiora no contestó. Solo señaló el suelo de la capilla.
Fonseca se arrodilló. Pegó el oído al suelo de