Esa noche cenamos sopa de verduras y pan.
La sopa estaba un poco salada.
El pan estaba duro por una esquina.
Pero yo no recordaba una cena tan buena.
Caterina se sentó frente a mí con el abrigo todavía puesto.
—Quítatelo, mi niña —le dije—. Estás en tu casa.
Ella me miró.
Y entonces se rió llorando.
—Es que todavía no me lo creo.
Después de cenar, quiso ayudarme a acostarme.
Yo le dije que podía sola.
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No era del todo verdad.
Pero necesitaba que