Su esposo me dijo que mi hija llevaba una semana en un retiro y hasta me pidió que “respetara su privacidad”. No discutí; conduje dos calles, estacioné y regresé caminando bajo la lluvia. Detrás de la casa encontré un candado nuevo en el garaje. Cuando susurré “si eres tú, golpea la puerta”, recibí 3 golpes que me hicieron llamar a la policía.

Tenía dos salidas, vigilancia y ventanas grandes.

Yo quise pagarle una cerradura especial.

No insistí cuando dijo que no.

Ese también fue un aprendizaje.

El día de la mudanza llevamos una mesa usada que compró por internet.

Después puso encima una maceta.

—Se te va a morir —le dije.

Valeria sonrió.

—Probablemente.

Cuando terminé de acomodar unas cajas, me entregó una bolsa.

Dentro estaba el suéter azul.

El que Camila llevaba aquella tarde.

Las flores blancas que yo había cosido seguían en los puños, aunque una estaba descosida.

—No quiero