Tenía dos salidas, vigilancia y ventanas grandes.
Yo quise pagarle una cerradura especial.
No insistí cuando dijo que no.
Ese también fue un aprendizaje.
El día de la mudanza llevamos una mesa usada que compró por internet.
Después puso encima una maceta.
—Se te va a morir —le dije.
Valeria sonrió.
—Probablemente.
Cuando terminé de acomodar unas cajas, me entregó una bolsa.
Dentro estaba el suéter azul.
El que Camila llevaba aquella tarde.
Las flores blancas que yo había cosido seguían en los puños, aunque una estaba descosida.
—No quiero