verlo —dijo.
—Lo tiro.
Negó con la cabeza.
—No.
—Entonces guárdalo.
Me lo entregó.
—Lo hiciste tú.
Lo llevé a casa.
Todavía lo tengo.
No arreglé la flor descosida.
Valeria y yo ya no hablamos todos los días.
Antes eso me habría parecido imposible.
Ahora entiendo que también es una forma de sanar.
A veces tarda horas en contestarme.
Todavía miro el teléfono más de lo que debería.
Todavía escribo:
“¿Todo bien?”
Y algunas veces borro el mensaje antes de enviarlo.
La última vez que vino a verme se quedó