realmente quería alejarse de mí.
Así que asentí.
—Está bien.
Julián pareció relajarse.
—Gracias.
Regresé al auto.
Arranqué.
Y manejé dos calles.
Nada más.
Me estacioné frente a un terreno baldío, apagué el motor y esperé.
La lluvia golpeaba el parabrisas.
Veintisiete minutos después bajé del coche y rodeé la cuadra por un callejón lateral.
La casa de Valeria tenía un garaje separado, pegado al muro trasero del jardín.
La puerta lateral estaba cerrada con un candado nuevo.
Me acerqué.
Silencio.
Di un paso más.
Entonces lo escuché.
Un raspón