débil sobre el cemento.
Me quedé inmóvil.
Después, algo pequeño rodó dentro.
Parecía una botella de plástico.
Me acerqué hasta que mi cara quedó a centímetros de la puerta.
—¿Valeria?
Nada.
Sentí vergüenza.
Tal vez había una rata.
Tal vez el viento había movido algo.
Entonces escuché una tos.
No fuerte.
No desesperada.
Peor.
Una tos seca, agotada, como si quien estuviera adentro ya no tuviera fuerzas ni para pedir ayuda.
Pegué el oído al metal.
—Valeria, si eres tú, golpea la puerta.
Pasaron cinco segundos.
Diez.
Y entonces llegaron