Descubrí que mi esposa llevaba tres semanas sin aparecer en la empresa después de una discusión con mi secretaria. “Ella ya no tiene lugar aquí”, me dijo, antes de confesar que había sido mi propia amante quien ordenó despedirla. Pensé que bastaría con pedirle perdón para que regresara. Pero a la mañana siguiente, durante una reunión del consejo de administración, comprendí que quien estaba a punto de perderlo todo era yo.

Ustedes confundieron mi educación con inferioridad.

Arturo señaló la puerta.

—Aquí nadie viene a darnos lecciones.

—Tiene razón. Por eso no volveré.

Antes de marcharse, Mariana dejó sobre la mesa una notificación legal relacionada con las nuevas pruebas del fraude cometido contra su padre.

Arturo comenzó a leer.

Sus manos temblaron.

Al llegar a la declaración del antiguo testigo, tuvo que sentarse.

Esa misma noche fue hospitalizado por una crisis hipertensiva. Sobrevivió, pero los médicos le ordenaron abandonar las actividades empresariales.

Las investigaciones continuaron durante meses.

La fortuna familiar dejó