para acercarse.
—Mariana, sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero quiero saber si alguna vez fuiste feliz conmigo.
Ella guardó silencio.
Después sonrió débilmente.
—Sí. Una noche de diciembre llegaste con dos tamales y un atole porque habías pasado frente a un puesto y recordaste que yo no había cenado.
Alejandro recordó aquella noche.
Había comprado la comida casi por casualidad.
—Fueron los tamales más ricos que comí en mi vida —continuó Mariana—. No por el sabor. Porque esa noche pensé que finalmente habías comenzado a pensar en