gracias a Alejandro Robles por estos tres años. Dile que ya no tendrá que seguir soportándome”.
Por primera vez en mucho tiempo, Alejandro no encontró palabras.
Sacó su celular y llamó a Mariana.
El número estaba fuera de servicio.
Abrió sus mensajes. Descubrió que durante tres años casi todas las conversaciones habían sido órdenes suyas.
“No llegaré a cenar”.
“Prepara mi traje”.
“No me esperes despierta”.
Mariana siempre respondía lo mismo.
“Está bien”.
El último mensaje había llegado precisamente el día de su despido.
Era una fotografía de una pequeña