visto discutir inversiones ni asistir a reuniones importantes.
¿Cómo podía ser la presidenta del comité que decidiría el futuro de su empresa?
Una recepcionista lo condujo hasta una sala privada.
Al abrirse la puerta, Alejandro se quedó paralizado.
Mariana estaba sentada frente a un enorme ventanal. Llevaba un elegante traje verde esmeralda, el cabello recogido y unos discretos aretes de perlas.
No parecía la mujer que durante tres años le había preparado el desayuno.
Parecía alguien que nunca había necesitado pedir permiso para existir.
—Buenas tardes, señor Robles —saludó tranquilamente—.