de electrodomésticos que había dejado de producir buenas ganancias.
Durante casi dos años pagué prácticamente todo: los 18,000 pesos de renta, la escuela de nuestra hija Sofía, el supermercado y los servicios.
Nunca le reclamé por ganar menos.
Lo que sí me preocupaba era su obsesión por aparentar que seguía siendo un empresario exitoso.
Cada vez que visitábamos a su familia, presumía contratos enormes, clientes importantes y una casa que supuestamente habíamos comprado.
La realidad era que vivíamos rentando.
Mi suegra, Teresa, alimentaba aquellas mentiras.
—Mi Sergio siempre ha