hombres te hagan pedazos, no me llames. Vincent recorrió la mesa con la mirada.
Los hombres que en otro tiempo le habían temido, ahora lo observaban con suma atención.
—Camille.
Ella se detuvo.
—Llévate tus cosas esta noche.
El rostro de ella palideció.
—¿Me estás echando?
—No.
Vincent se reclinó en su silla de ruedas.
—Por fin te dejo marchar.
Parte 2
A medianoche, Camille ya se había ido.
Al amanecer, Vincent Bellori volvía a dirigir su casa.
La biblioteca se convirtió en su despacho, dormitorio, centro de mando y