había perdido. Le expliqué que aquellos años no podían repetirse, por mucho que los lamentara. Los niños habían crecido, habían construido recuerdos nuevos y tenían derecho a continuar con sus vidas sin convertir cada celebración en una oportunidad para reparar el pasado de su madre.
Rebeca comenzó también a cumplir las obligaciones económicas que se establecieron tras revisar su situación y recibir asesoramiento. Las aportaciones iniciales eran modestas, porque sus ingresos no permitían mucho más, pero llegaban regularmente.
No consideré que el dinero pudiera comprar el perdón de nuestros hijos.