Una mañana mi esposa desapareció, dejándome solo con cuatro hijos pequeños y una nota de suicidio. Durante años trabajé incansablemente para mantener a la familia. Cuando por fin nos establecimos, apareció en la puerta… Creía que aún tendría un lugar en nuestras vidas, pero lo que encontró tras esa puerta fue mucho más doloroso de lo que jamás hubiera imaginado.

con Mariana se fortaleció durante aquellos meses.

Pero no porque Rebeca se hubiera convertido en una amenaza que debíamos derrotar juntos.

Aprendimos a hablar con más claridad sobre nuestras responsabilidades, nuestros miedos y el lugar que cada uno deseaba ocupar.

Mariana seguía acompañando a su hermana cuando lo necesitaba. Yo continuaba a cargo de las decisiones parentales que me correspondían y ambos compartíamos las cuestiones relacionadas con nuestra convivencia.

A veces discutíamos por cosas sencillas.

Yo dejaba herramientas sobre la mesa de la cocina. Ella guardaba recibos en lugares que