después nadie recordaba. Los gemelos aseguraban que, si algún día nos casábamos, debíamos contratar a alguien para decidir dónde iban las llaves.
No teníamos prisa por celebrar una boda.
Habíamos aprendido que vivir juntos con respeto exige mucho más que una ceremonia.
Doña Clara continuaba siendo parte importante de nuestra familia. Ya no necesitaba cuidar a los niños con tanta frecuencia, pero seguía apareciendo algunos domingos con tamales o pan dulce.
Una tarde le pregunté cómo podía agradecerle tantos años de ayuda.
Respondió que podía empezar por dejar de mirarla